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 El Escorial

 

 

 

Monasterio de San Lorenzo de, monasterio-palacio construido entre 1563 y 1586 por el rey Felipe II de España a 43 km al noroeste de Madrid, la villa elegida por el monarca como capital del recién instaurado estado español. En su seno se incluyen un monasterio de la orden de los Jerónimos, una gran iglesia basilical, un colegio, una extensa biblioteca, un palacio real y el Panteón de los reyes de España. Toda esta enorme obra arquitectónica configura un conjunto uniforme de 208 m x 162 m de superficie, cuatro plantas de altura, fábrica de sillares de granito y pronunciadas cubiertas de pizarra, herederas de la tradición constructiva de Flandes.

El principal motivo que impulsó al rey a erigir este impresionante edificio fue el de disponer de un enterramiento monumental para su dinastía –una idea sugerida por su padre, el emperador Carlos I–, que al mismo tiempo se convirtiera en símbolo de su reinado y conmemoración de la victoria de San Quintín, acaecida el día de San Lorenzo de 1557. El arquitecto Juan Bautista de Toledo proyectó en colaboración con el monarca la llamada traza universal escurialense, una planta reticular organizada en patios simétricos respecto a la basílica, que sobresale ligeramente por la fachada oriental, asimilada en ocasiones a la parrilla donde San Lorenzo sufrió el martirio. A la muerte de Toledo en 1567, Juan de Herrera ocupó su puesto en la dirección de las obras. Aunque no modificó las trazas generales, rediseñó la basílica –basándose en un informe crítico del italiano Francisco Paccioto de Urbino–, que se convirtió en un templo centralizado bajo una enorme cúpula, de planta cuadrada y proporciones exquisitas; uniformó la fachada principal, incorporando un nuevo cuerpo presidido por una gran portada monumental que anuncia la fachada real de la iglesia; y construyó el templete del patio de los Evangelistas, una muestra excepcional del clasicismo herreriano. El panteón es la única parte del edificio construida con posterioridad a la muerte de Felipe II, y en él descansan los restos de los reyes españoles, así como de numerosas reinas e infantes.

Entre los innumerables tesoros de El Escorial destacan la colección de manuscritos e incunables que alberga la Biblioteca de Grabados, situada en la galería superior de la fachada occidental y decorada con pinturas al fresco de Carducho y Pellegrino Tibaldi; la colección de tapices, que incluye telas flamencas y piezas tejidas por la Fábrica de Tapices de Santa Bárbara, y el museo de pinturas, que contiene obras de destacados artistas como El Bosco, Alberto Durero, Tiziano, El Greco, Paolo Veronese, Jacopo Tintoretto, Petrus Paulus Rubens, José de Ribera, Francisco de Zurbarán o Diego de Velázquez.

Los reyes posteriores a Felipe II, y en especial los Borbones, dejaron de utilizar El Escorial como residencia palaciega por su extrema austeridad, muestra de los hábitos monásticos del primer Austria. Baste señalar que los aposentos reales están comunicados con la basílica para que el rey pudiera asistir desde su lecho a los oficios religiosos. Sin embargo, años después, el todavía príncipe Carlos IV encargó en 1772 a su arquitecto Juan de Villanueva la construcción de dos pabellones de recreo en las cercanías del monasterio, la Casita del Príncipe y la Casita de Arriba, magníficos ejemplos de arquitectura neoclasicista.

 

Juan Zamora Romo. Bibliotecólogo, Licenciado en Tecnologías de la Información.