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GALILEO
 

 El revuelo teológico de los siglos XVI y XVII, originado por las escisiones luterana y calvinista en el ámbito de la cristiandad, provocó un endurecimiento de la postura doctrinal católica. Víctimas de ello fueron los científicos innovadores de la época, entre los cuales sobresalió Galileo, célebre por sus descubrimientos y por la condena a la que lo sometió el Tribunal de la Inquisición.

Galileo Galilei nació en la ciudad italiana de Pisa, encuadrada a la sazón en los Estados Pontificios, el 15 de febrero de 1564. Educado en Florencia en sus primeros años, comenzó estudios de medicina en la universidad de su ciudad natal en 1581, aunque, atraído por la geometría y el movimiento de los cuerpos, recibió sobre todo lecciones de matemáticas de Ostilio Ricci y dedicó su actividad a problemas físicos.

Sus descubrimientos sobre la ley del péndulo y los centros de gravedad de los sólidos lo hicieron acreedor al puesto de profesor de matemáticas en Pisa, donde sus investigaciones lo llevaron a rechazar las consideraciones aristotélicas del movimiento de caída libre. Propugnó entonces su teoría, corroborada con experimentos, de que todos los cuerpos caen con idéntica aceleración, independientemente de su naturaleza, e implantó la noción de gravedad, posteriormente racionalizada por Isaac Newton.

Conocedor de la teoría de Copérnico, según la cual el centro del universo era el Sol, mientras la Tierra, los planetas y las estrellas giraban a su alrededor, no se atrevía a defenderla en público por miedo al ridículo, ya que en la sociedad de su tiempo estaba entronizada y apoyada por la jerarquía eclesiástica y los altos estamentos científicos la hipótesis geocéntrica de Claudio Tolomeo. La aparición de las lentes ópticas fabricadas por investigadores holandeses sugirió a Galileo la idea de construir un dispositivo similar, el telescopio, con el que observar los cielos. El éxito fue rotundo y la especial aplicación de su invento lo llevó a consignar sorprendentes e innovadoras observaciones. Así, por ejemplo, pudo apreciar que la Luna no tenía una superficie lisa, sino rugosa, llena de cráteres, montañas y valles. Asimismo, pudo verificar que la Vía Láctea estaba compuesta por un ingente número de estrellas y cuerpos astrales, que el planeta Júpiter poseía satélites que giraban en torno suyo y que en el disco solar existían unas manchas oscuras que se movían en sentido circular. Sus trabajos astronómicos, editados en 1610 en el libro Sidereus nuncius (El mensajero de las estrellas), le granjearon gran celebridad.

La trascendencia de sus descubrimientos alentó a Galileo a asumir plenamente la teoría copernicana. En 1611 fue a Roma, donde mostró su telescopio ante la corte papal y obtuvo una resonante acogida. La publicación de sus opiniones causó revuelo en el ámbito científico y pronto fue objeto de enconadas discusiones. Profesores de formación aristotélica, secundados por las autoridades eclesiásticas, denunciaron la incompatibilidad entre la postura de Galileo y las Sagradas Escrituras. Tales manifestaciones hallaron eco en las invectivas de los frailes predicadores o dominicos que arremetieron contra las supuestas teorías heréticas y lo acusaron secretamente ante el Tribunal de la Santa Inquisición. Galileo, aunque protegido por algunos nobles y eclesiásticos, encontró frente a sí al cardenal Roberto Bellarmino, máximo jefe teológico de la Iglesia Católica, quien, en prevención de un escándalo doctrinal, declaró prohibido, por falso y erróneo, el libro de Copérnico.
 
El juicio celebrado en su contra en 1616 le impidió a Galileo continuar abiertamente su trabajo, si bien, en los años subsiguientes, se dedicó a probar y plantear la validez de nuevos métodos de investigación científica basados en la experimentación.

Posteriormente, se trasladó a Florencia y allí publicó su principal libro, Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo, tolemaico e copernicano (1632; Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, tolemaico y copernicano), en el que tomaba partido por las nuevas teorías. La respuesta no se hizo esperar: Galileo fue nuevamente convocado a juicio y se vio obligado a acudir a Roma en 1633, a pesar de su vejez y débil salud.

Tuvo que renunciar a sus opiniones científicas y declarar su adhesión a la ortodoxia. No obstante, cuenta la leyenda que, al concluir su abjuración, Galileo, refiriéndose al desplazamiento terrestre, murmuró: Eppur, si muove ("y, a pesar de todo, se mueve"). Frente a la adversidad, continuó con sus trabajos hasta quedar ciego en 1637. Murió en su retiro de la pequeña localidad italiana de Arcetri, cerca de Florencia, el 8 de enero de 1642.

 

 

Juan Zamora Romo. Bibliotecólogo, Licenciado en Tecnologías de la Información.