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Renacimiento
Renacimiento

HUMANISMO

 

INDICE 
Génesis  del humanismo Italiano
Rasgos básicos del humanismo
Declive del Humanismo

Como primera tentativa coherente de elaborar una concepción del mundo cuyo centro fuera el hombre mismo, el humanismo puede considerarse el origen de todo el pensamiento moderno.

Se conoce por humanismo un movimiento intelectual germinado durante el siglo XIV, en las postrimerías de la baja edad media, y que hallaría su plena manifestación en el Renacimiento. En el curso de aquellas centurias, sobre todo en las ciudades de Italia, se había producido un notable desarrollo de la burguesía urbana, y de esta forma los nobles y burgueses enriquecidos estuvieron en condiciones de prestar un apoyo a la cultura antes privativo de la iglesia y de las grandes cortes. Además, para conservar e incrementar la fortuna era cada vez más preciso un adecuado nivel educativo.
 

Se juntaron por tanto dos líneas con un mismo fin: mayor aprecio de la cultura y necesidad de una educación más práctica que la que proporcionaban los estudios teológicos de la edad media. Se volvió a la fuente del saber, la antigüedad grecolatina, despojada de las adherencias teológicas medievales, y sus enseñanzas se adaptaron a los nuevos tiempos. El programa de estudios, encaminado a facilitar conocimientos profesionales y actitudes mundanas, comprendía la lectura de autores antiguos en sus idiomas vernáculos y el estudio de la gramática, la retórica, la historia y la filosofía moral. A partir del siglo XV a estos cursos se les dio el nombre de studia humanitatis o "humanidades", y quienes los impartían fueron conocidos como humanistas. En el Renacimiento, el humanismo significó un criterio de la vida que, sin dejar de aceptar la existencia de Dios, compartía muchas de las actitudes intelectuales y vivenciales del mundo antiguo, integradas con los continuos descubrimientos sobre la naturaleza y las nuevas condiciones de vida generadas por el auge del comercio y de la burguesía mercantil. Los maestros dieron la espalda a la idealización medieval de la pobreza, el celibato y la soledad, y en su lugar destacaron la vida familiar y el juicioso uso de la riqueza.

Génesis del humanismo italiano


En cuanto reflexión sobre la problemática del hombre, el humanismo ha existido siempre. Como movimiento cultural coherente y programático, sin embargo, surgió en una época histórica determinada, el siglo XV, y en un lugar concreto, las ciudades-estado italianas, desde donde luego se extendería por toda Europa. En este movimiento, que tuvo ya grandes iniciadores en el siglo XIV, con autores como Petrarca y Boccaccio, se reivindicaba la capacidad de cualquier hombre para pensar por sí mismo, sin trabas ni tutelas, y para considerar diferentes soluciones sobre cualquier problema, entre ellos, por supuesto los filosóficos, aun cuando tuviesen carácter "pagano". Así, frente al pensamiento teocéntrico medieval, la religiosidad humanista quiso llegar a Dios mediante el ejercicio de la razón sin plantear una meta predeterminada.
 

Se produjo además una fundamental inversión de valores, que sería luego llamada el "giro copernicano" en alusión al sistema heliocéntrico desarrollado por Nicolás Copérnico. Inicialmente era lo celeste lo que daba sentido a lo terrestre; para los humanistas, por el contrario, sería lo terrestre lo que diese sentido, un sentido nuevo y reprochable para la ortodoxia oficial, a lo celeste. En la Tierra sería el hombre, destronado del centro del universo junto con su planeta, el que mediría lo celeste y lo haría a tenor de su propia proporcionalidad. Ello resultó especialmente patente en el arte renacentista (Leone Battista Alberti, Leonardo da Vinci). El cuerpo humano pasó a ser la medida de todas las cosas naturales, y se hizo así cierta la máxima del sofista griego Protágoras: "el hombre es la medida de todas las cosas". El humanismo atacó con saña la estática división aristotélica entre mundo lunar y mundo sublunar que subordinaba al hombre. Aristóteles, al menos en la interpretación que de él había hecho la escolástica medieval, fue el gran perdedor en la renovación clásica que realizó el humanismo, ya que surgieron escuelas neoaristotélicas que intentaron reelaborar su pensamiento. Galileo, una de las grandes figuras del Renacimiento, combatió sin cuartel a Aristóteles por su ignorancia en matemáticas y su incapacidad para comprenderlas. Frente a él, se ensalzó a Platón, que había dado a las matemáticas un destacado lugar en su sistema idealista (por ejemplo, el sistema geométrico de los elementos desarrollado en el Timeo) y se exaltó una concepción neoplatónica del universo como un todo armónico en el que el hombre constituía el nexo de unión entre Dios y el mundo sensible. Pero no sólo renació la filosofía de Platón, sino toda la física -Demócrito, Epicuro, Lucrecio- que los intérpretes de Aristóteles habían considerado rebasada. La revalorización de estos filósofos contribuyó a poner de manifiesto que la teoría de Aristóteles no constituía la única hipótesis de la realidad, y que sus libros no eran la "física" sino una física entre otras. La discusión científica pudo proseguir, no en el marco de la obra aristotélica, sino al margen de ella. Y en este sentido se mostró decisiva la tarea de los humanistas.

    La ruptura con el mito de un libro humano depositario privilegiado de la "verdad" dio también lugar al desarrollo de las disciplinas que se ocupaban del Homo faber, hacedor de su mundo y de su fortuna, que contemplaba la ética como norma para hacerse a sí mismo, la economía como herramienta para administrar su hacienda y la política como gestión de su ciudad-estado. Este nuevo enfoque reactivó la discusión sobre las artes y sobre las técnicas. Los humanistas, al vivir entre pintores, arquitectos e ingenieros y admirar las máquinas de los físicos antiguos, abrieron el camino a una revisión fundamental de las relaciones entre el plano práctico y el teórico. La arquitectura de Giulio Romano y la de Leone Battista Alberti concitaron la admiración de todos los círculos humanísticos.

 Se llegó, en suma, a una concepción integradora del saber humano, que era a su vez reflejo de la armonía del mundo. Así, el gran Leonardo da Vinci, que afirmó que "ninguna investigación humana puede denominarse ciencia verdadera si no pasa por las demostraciones matemáticas", no dudó tampoco en considerar que la pintura era "ciencia e hija legítima de la naturaleza, porque esa naturaleza la ha parido".

 La exaltación del hombre fue lugar común entre los humanistas italianos. Para Marsilio Ficino, el hombre era vicario de Dios, una imagen de Dios, nacida para regir el mundo y que podía pretender todas las cosas. Pico della Mirandola, con expresión dramática, puso en boca de Dios la siguiente imprecación: "Tú, que no estás sujeto a ningún límite, determinarás por ti mismo tu propia naturaleza, según tu libre voluntad."
 

Rasgos básicos del  humanismo


Puede sintetizarse el programa humanista en tres puntos fundamentales: (1) el objetivo básico del conocimiento es el hombre y la significación de la vida, y en función de ellos deben plantearse las cuestiones cosmológicas; (2) ningún filósofo posee el monopolio de la verdad; (3) existe una concordia entre la cultura clásica pagana y el cristianismo, puesto que la enseñanza sobre el hombre, la vida y la virtud que ense?an los autores clásicos es integrable en el cristianismo.
 

El humanista español Juan Luis Vives dio una perfecta descripción de cómo debía ser el humanista de su época: "hombre de letras", que ha recibido y ha cultivado una educación literaria, que quizá no haya estudiado ciencias, ni derecho, ni teología, pero sí gramática, retórica, historia, poesía y filosofía moral... en textos latinos y griegos.
 
 

No todos los humanistas acataron la doctrina cristiana. El italiano Giordano Bruno, quemado por la Inquisición, negó el cristianismo que separaba a Dios del mundo y refutó toda clase de jerarquía ontológica y cosmológica, pues el universo constituía para él un único nivel de ser. Otro pensador italiano, Pietro Pomponazzi, no dudó en refutar la inmortalidad del alma individual.
 

Mientras que en Italia el humanismo fue ante todo artístico y filosófico, en el centro y norte de Europa nació con un matiz religioso muy acusado. Su principal representante, el holandés Erasmo de Rotterdam, unió a su devoción por la antigüedad una dura crítica de la escolástica y la formulación de una reforma de la espiritualidad cristiana. Destacados humanistas no italianos, aparte de los citados, fueron los franceses Jacques Lefevre d'Etaples y François Rabelais, los ingleses Tomás Moro (Thomas More) y Francis Bacon, y los españoles Juan de Valdés, Alfonso de Valdés y Juan Luis Vives, entre otros muchos.

Declive del humanismo


Con el tiempo el humanismo degeneró en un culto puramente lingüístico y formal de la antigüedad, en una erudición carente de vitalidad creadora, y ya desde mediados del siglo XVI se había hecho "pedante" y libresco. Por otra parte, las tesis del reformador protestante, Martín Lutero, con su insistencia en la especificidad de lo cristiano frente a la cultura pagana y su énfasis en la gracia divina, y la vuelta a la ortodoxia estricta encarnada por los teólogos contrarreformistas, supusieron un golpe de gracia para el humanismo.

Las guerras que asolaron Europa tras la Reforma contribuyeron igualmente a quebrar los ideales humanistas de armonía natural y social. Sin embargo, la insistencia en el empleo de la razón y la nueva visión del mundo introducida por el humanismo pervivieron en los pensadores racionalistas y empiristas y supusieron un ejemplo para la Ilustración

Juan Zamora Romo. Bibliotecólogo, Licenciado en Tecnologías de la Información.