REFORMA Y CONTRARREFORMA



 
NDICE

 

Alejandro VI
Alighieri, Dante
Boccaccio, Giovanni
Brunelleschi, Filippo
Bruno, Giordano
Cabeza de Vaca, Alvar Nuñez
Calvino, Juan
Carlos V
Castiglione, Baltasar
Clemente VII
Colon , Cristobal
Contrarreforma
Copérnico, Nicolás
Cortés, Hernan
Des Pres, Josquin
Dias, Bartolomé
Elcano, Juan Sebastian
Enrique el Navegante
Enrique  VIII
Escorial, el
Fernando II el Católico
Ficino, Marsilio
Galileo
Gutemberg, Johannes
Humanismo
Imprenta
Inquisición
Isabel I
Compañía de Jesús
Knox, John
Lutero, Martín
Magallanes, Fernando
Manierismo
Maquiavelo, Nicolas
Masaccio
Mediccis
Giovanni Pico de la Mirandola
Moro, Tomas
Pablo III
Palestrina
Paz de Augsburgo
Petrarca
Pizarro, Francisco
Reforma
Renacimiento
Rotterdam, Erasmo de
San Carlos Borromeo
San Felipe Neri
San Ignacio de loyola
San Juan de la Cruz
Santa Teresa de Jesús
Savonarola
Sforza
Trento, Concilio
Valla, Lorenzo
Vives, Juan Luis
Zuinglio, Ulrico

 

Antecedentes de la Reforma
La Reforma protestante
La contrarreforma

El desprestigio creciente de la iglesia de occidente, más atenta a su propio enriquecimiento material que a la dirección espiritual de sus fieles, a lo largo de los siglos XIV y XV; la progresiva secularización de la vida social impuesta por el humanismo renacentista; y la ignorancia y relajación de costumbres del bajo clero, fueron los factores principales que desencadenaron la Reforma y la contrarreforma.

Se conoce como Reforma al movimiento radical producido en la iglesia occidental durante el siglo XVI que, sobrepasando cuestiones disciplinares, planteó problemas doctrinales de enorme trascendencia para el cristianismo, los cuales llevaron a la separación de algunas iglesias, denominadas globalmente con el nombre de protestantes. La contrarreforma fue tanto la reacción de la iglesia que permaneció fiel a la tradición del papado romano en oposición al emergente protestantismo, como el movimiento de reforma producido dentro de la Iglesia Católica romana durante los siglos XVI y XVII.

Antecedentes de la Reforma

 A finales de la edad media (siglos XIV y XV), la iglesia occidental sufría un período de desconcierto y decadencia que favoreció el desarrollo del gran cisma de occidente (1378-1417), provocado por el traslado de la sede papal a Aviñón de 1305 a 1370 y por la elección simultánea de dos y aun tres pontífices. La aparición del conciliarismo, doctrina surgida del cisma, que subordinaba la autoridad del papa a la comunidad de fieles, representada por el concilio, así como el nepotismo y la inmoralidad de algunos papas, pusieron de manifiesto la necesidad de llevar a cabo una reforma radical en el mismo seno de la iglesia. En este sentido resulta simbólico el hecho de que el inicio de la Reforma protestante, con la proclamación de las 95 tesis de Martín Lutero el 31 de octubre de 1517, se produjera por la llegada de los legados pontificios anunciando una indulgencia papal a cambio de la donación de fondos para la construcción de la basílica de San Pedro en Roma.

 Por otra parte, dentro de la iglesia habían surgido ya movimientos de reforma que abogaban por una vida cristiana más conforme con el evangelio. En el siglo XIII surgieron las órdenes mendicantes con la notable figura de san Francisco de Asís. En los siglos XIV y XV destacaron como predicadores san Vicente Ferrer, san Bernardino de Siena y san Juan de Capistrano. Además, en el siglo XV se produjo una renovación de la piedad popular con un acentuado sentimentalismo en torno a los dolores de la pasión de Cristo.

Otros movimientos reformistas surgieron, asimismo, en abierta oposición a la jerarquía eclesiástica. Los valdenses (siglo XII), conocidos como "los pobres de Lyon" o "los pobres de Cristo", cuestionaron la autoridad eclesiástica, el purgatorio y las indulgencias. Los cátaros y albigenses (siglos XII y XIII) defendieron un ascetismo extremo y cayeron en el maniqueísmo, al considerarse a sí mismos como puros y perfectos. En el siglo XIV, en Inglaterra, John Wycliffe avanzó ideas que serían recogidas por el movimiento protestante: pertenencia del mundo a Dios, secularización de los bienes eclesiásticos, fortalecimiento del poder temporal del rey como vicario de Cristo y negación de la presencia corpórea de Cristo en la eucaristía. Las ideas de Wycliffe influyeron en el reformador checo Jan Hus y sus seguidores, los husitas y los taboritas (siglos XIV-XV) en el territorio de Bohemia.

En un término medio entre la fidelidad a la iglesia romana y la crítica se situó Erasmo de Rotterdam. Su profundo humanismo, antiviolento y conciliatorio, aunque no exento de ambigüedad, lo llevó a dar pasos importantes hacia la Reforma, como la traducción latina del Nuevo Testamento (apartándose de la versión oficial de la Vulgata); o la sátira contra el papa Julio II (1513). Ante la insistencia de Lutero para que definiera su posición con respecto a las tesis de los reformadores, Erasmo defendió la libertad humana en su tratado sobre el libre albedrío (1524), al que aquél contestó con su tratado sobre el albedrío esclavizado. Las ponderadas ideas reformistas de Erasmo no prendieron en ningún movimiento popular ni político, ni tampoco fueron acogidas por los intelectuales que podrían haber comprendido.

La Reforma protestante  

Iniciada por Lutero con su desafío a los legados y a la excomunión papal, la Reforma protestante no fluyó por un cauce único; fueron varios los grupos que discurrieron por caminos paralelos, pero también irreconciliables, aunque unidos por su oposición a la doctrina y a la disciplina de la iglesia romana y por su lucha política y militar contra el papa o el emperador.
Martín Lutero, monje agustino, sintió como experiencia personal, basada en un texto de la epístola de san Pablo a los romanos, que la salvación de Dios se comunicaba mediante la fe, no mediante las obras, que provienen de la naturaleza humana corrompida por el pecado original. De esta concepción fundamental "sólo la fe"- fue deduciendo, según las controversias o las circunstancias políticas, el conjunto de su pensamiento. La excomunión por parte de Roma y la protección que le dispensaron algunos príncipes alemanes empujaron a Lutero a la ruptura. La descalificación de la autoridad del papa quedó avalado por otro gran principio de la Reforma, "sólo la Escritura", que proclamaba a la Biblia, interpretada individualmente a la luz del Espíritu Santo, como la única fuente de autoridad en la comunidad cristiana. No obstante, pronto tuvo que defender Lutero la necesidad de una ortodoxia, de una iglesia y de una disciplina, pues Thomas Münzer, reformista de ideas revolucionarias y radicales que aspiraba a crear comunidades sin culto ni sacerdotes, instigó la sublevación de los campesinos alemanes (1524-1525). Ante la amenaza de su expansión, la revuelta fue sangrientamente reprimida con la aprobación de Lutero.

En 1525, el reformador suizo Huldrych Zwingli (o Ulrico Zwinglio) fundó en Zurich una teocracia que se extendió a Berna, Basilea y Estrasburgo. Su doctrina teológica se radicalizó más que la de Lutero, especialmente al negar la presencia de Cristo en la eucaristía. Su iglesia fue excluida de la alianza evangélica de Gotha en 1526 y no fue admitida hasta después de su muerte en la concordia de Wittenberg (1536). Vinculados a las doctrinas de Zwingli, aunque más revolucionarios que éste, los anabaptistas, así llamados por preconizar un nuevo bautismo para los adultos, pues los niños no podían recibir la gracia que sólo se comunicaba por medio de la fe, exigieron un cumplimiento más radical de la Sagrada Escritura. En su actitud social rechazaron la violencia, proclamaron la separación de la iglesia y del estado y crearon comunidades libres. Las repercusiones políticas de estos nuevos grupos, que empezaron a prevalecer en algunas ciudades, provocaron la unión coyuntural de los romanos y los reformados, quienes tomaron por asalto su centro en la ciudad de Münster y castigaron severísimamente a sus dirigentes.

Juan Calvino, teólogo francés, se refugió en Basilea y luego en Ginebra por sus ideas reformistas, y publicó sus Instituciones de la religión cristiana, que constituyó el primer catecismo de la Reforma. Al tratar de unificar a los diversos grupos protestantes atrajo a importantes seguidores de Zwingli, pero consumó la separación con los luteranos. Su doctrina sobre la doble predestinación (a la salvación y a la condenación), la exigente disciplina impuesta en su concepción teocrática de la ciudad-iglesia y el gobierno presbiterial de las iglesias constituyeron de hecho lo que se ha denominado como una segunda Reforma.

En Inglaterra, la reforma de la iglesia tuvo un origen fundamentalmente político, que luego fue aprovechado para una reforma religiosa. Enrique VIII, irritado por la negativa del papa Clemente VII a concederle el divorcio, logró en 1531 que el Parlamento votara la subordinación de la iglesia a la corona, política que continuó hasta culminar con el cisma anglicano en 1534. A la separación política siguió una reforma doctrinal y litúrgica impuesta mediante la persecución y la pena de muerte. Su obra más destacada fue el Libro común de oraciones.

En Escocia predominó el presbiterianismo introducido por John Knox, que había vivido venturosamente la Reforma junto a Calvino en Ginebra.

La contrarreforma

La reacción oficial de la Iglesia Católica romana fue lenta y, en sus comienzos, desarticulada. Carlos V, emperador de Alemania y rey de España y Nápoles, estuvo especialmente implicado en las consecuencias políticas de la Reforma protestante. Su tradicional rivalidad con la corona francesa impidió la alianza entre los reinos que se mantenían más cercanos a la iglesia romana. No obstante, y a pesar de las presiones ejercidas por los principios de la iglesia y las enormes dificultades que rodearon la celebración del concilio de Trento, como refleja la cronología de sus tres etapas (1545-1549,1551-1552,1562-1563), el tesón de los teólogos y de los papas logró, aunque tardíamente, el resultado esperado de atajar la propagación de la Reforma protestante y encauzar, de una manera orgánica y oficial, una reforma católica.

La primera convocatoria del concilio, hecha por el papa Paulo III (1534-1549), reunió grupos de teólogos expertos, nombró cardenales dignos, impulsó las nuevas órdenes religiosas de los teatinos (fundada en 1524 por Gian Pietro Carafa, futuro Paulo IV, y san Cayetano de Triana), las ursulinas y la Compañía de Jesús (creada en 1534 por san Ignacio de Loyola), y restableció el tribunal de la Inquisición (1542), que se convirtió en uno de los instrumentos más valiosos de la reforma católica. Julio III (1550-1555) prosiguió con prudencia la labor de su antecesor y logró reanudar, en 1551, el interrumpido concilio.

Paulo IV (1555-1559) fue un asceta que logró desterrar el espíritu mundano de la corte pontificia, obligando a los obispos a renunciar a sus múltiples prebendas y a regresar a sus diócesis; no obstante, su carácter lo llevó a una total intransigencia con los mismos príncipes que podrían ayudarlo en la pacificación de la cristiandad y en la implantación de las reformas. Pío IV (1559-1565), por el contrario, fue moderado y conciliador y logró poner paz entre las potencias cristianas y concluir el concilio de Trento.

El concilio se ocupó de los dos grandes problemas del momento, los doctrinales y los disciplinares. Los primeros estuvieron marcados por la necesidad de dar respuesta a los planteamientos de REFORMA Y CONTRARREFORMA

El desprestigio creciente de la iglesia de occidente, más atenta a su propio enriquecimiento material que a la dirección espiritual de sus fieles, a lo largo de los siglos XIV y XV; la progresiva secularización de la vida social impuesta por el humanismo renacentista; y la ignorancia y relajación de costumbres del bajo clero, fueron los factores principales que desencadenaron la Reforma y la contrarreforma.

Se conoce como Reforma al movimiento radical producido en la iglesia occidental durante el siglo XVI que, sobrepasando cuestiones disciplinares, planteó problemas doctrinales de enorme trascendencia para el cristianismo, los cuales llevaron a la separación de algunas iglesias, denominadas globalmente con el nombre de protestantes. La contrarreforma fue tanto la reacción de la iglesia que permaneció fiel a la tradición del papado romano en oposición al emergente protestantismo, como el movimiento de reforma producido dentro de la Iglesia Católica romana durante los siglos XVI y XVII.

 
    Juan Zamora Romo. Bibliotecólogo, Licenciado en Tecnologías de la Información.